El sistema agroalimentario mundial es una de las causas
importantes del calentamiento global. Un nuevo sistema alimentario
podría ser un promotor clave de soluciones al cambio climático. Si se
toman medidas para reestructurar la agricultura y el sistema alimentario
mundial en torno a la soberanía alimentaria, a la agricultura en
pequeña escala, a la agroecología y los mercados locales, podríamos
cortar a la mitad las emisiones globales de gases con efecto de
invernadero en unas cuantas décadas.
Los alimentos son un promotor clave del cambio climático. El proceso
industrial entre que se producen los alimentos hasta que terminan
servidos en nuestra mesa provoca cerca de la mitad de las emisiones de
gas con efecto de invernadero generados por los humanos. Los
fertilizantes químicos, la maquinaria pesada y otras tecnologías
agrícolas dependientes del petróleo contribuyen significativamente. El
impacto de la industria alimentaria como un todo es incluso mayor: se
destruyen bosques y sabanas para producir forrajes animales y se generan
deshechos que dañan el clima por el exceso de empaques, procesado,
refrigeración y transporte de los alimentos a grandes distancias, a
pesar de que millones de personas continúan con hambre.
Un nuevo sistema alimentario podría ser un promotor clave de soluciones
al cambio climático. La gente por todo el mundo toma parte en luchas por
defender o crear nuevas formas de cultivar o compartir alimentos que
sean mucho más sanos para sus comunidades y para el planeta. Si se toman
medidas para reestructurar la agricultura y el sistema alimentario
mundial en torno a la soberanía alimentaria, a la agricultura en pequeña
escala, a la agroecología y los mercados locales, podríamos cortar a la
mitad las emisiones globales de gases con efecto de invernadero en unas
cuantas décadas. No necesitamos mercados de carbono ni remiendos
tecnológicos. Requerimos políticas acertadas y programas que erradiquen
el actual sistema alimentario industrial creando en cambio uno que sea
sustentable, equitativo y verdaderamente productivo.
Los alimentos y el clima: cómo armar el rompecabezas.
La mayoría de los estudios sitúan la contribución de las emisiones
agrícolas —las emisiones producidas en los campos de cultivo— en algún
punto entre el 11 y el 15% de las emisiones globales (1). Sin embargo,
lo que no es común que se diga es que la mayor parte de estas emisiones
son generadas por las prácticas de cultivo industrial que se basan en
fertilizantes químicos (con nitrógeno), maquinaria pesada que funciona
con gasolina, y en operaciones industriales de crianza animal altamente
concentradas que bombean a la atmósfera deshechos de metano.
Tampoco es frecuente que las cifras de la contribución de la agricultura
tomen en cuenta los cambios en el uso del suelo y la deforestación, que
son responsables de una quinta parte de las emisiones de gases con
efecto de invernadero (2).
A nivel mundial, la agricultura invade las sabanas, los humedales, los
cerrados y los bosques, destruyendo, al arar, el suelo de enormes
superficies. La expansión de la frontera agrícola es el contribuyente
dominante de la deforestación, y da cuenta de entre el 70 y el 90% de la
deforestación global (3). Esto significa que unos 15-18% de las
emisiones globales de gases con efecto de invernadero son producidas por
el cambio en el uso del suelo y la deforestación ocasionada por la
agricultura. Pero aquí, de nuevo, el sistema alimentario global y su
modelo de agricultura industrial son los principales culpables. El mayor
promotor de esta deforestación es la expansión de las plantaciones
industriales para la producción de mercancías como la soya, la caña de
azúcar, la palma aceitera, el maíz industrial, y la colza o canola, así
como las plantaciones de árboles para celulosa. Desde 1990, el área
plantada con las primeras cinco mercancías creció en 38% (4), pese a que
la tierra plantada con alimentos básicos como el arroz o el trigo
decreció.
Las emisiones procedentes de la agricultura dan cuenta únicamente de una
porción de la contribución general del sistema alimentario al cambio
climático. Es igual de importante lo que ocurre entre el momento en que
los alimentos abandonan las fincas y el momento en que llegan a nuestra
mesa.
La comida es el sector económico más grande del mundo, y con mucho
implica más transacciones y emplea más personas que cualquier otro
sector. En nuestros tiempos, los alimentos se preparan y distribuyen
utilizando enormes montos de procesamiento, empacado y transportación,
todos los cuales generan emisiones de gases con efecto de invernadero,
aunque sea difícil hallar datos de tales emisiones. Los estudios que
indagan en la Unión Europea concluyen que cerca de un cuarto de la
transportación total tiene que ver con el transporte comercial de
alimentos (5). Las cifras dispersas sobre transportación, disponibles en
otros países, tales como Kenya y Zimbabwe, indican que el porcentaje es
todavía mayor en los países “no industrializados”, donde la “producción
de alimentos y su entrega dan cuenta de entre 60 y 80% de la energía
total utilizada —incluida la humana, la animal y el combustible” (6). Si
el transporte da cuenta de 25% de las emisiones globales de gases con
efecto de invernadero, podemos utilizar los datos de la UE para
calcular, conservadoramente, que el transporte de alimentos da cuenta de
por lo menos 6% de las emisiones globales de GEI.
En cuanto al procesamiento y el empacado, de nuevo los datos disponibles
provienen principalmente de la Unión Europea, donde los estudios
muestran que el procesamiento y empacado de alimentos dan cuenta de
entre 10 y 11% de las emisiones de GEI (7), mientras la refrigeración de
la comida es responsable de 3-4% (8) del total de emisiones, y la venta
al menudeo de alimentos otro 2% (9). Siendo conservadores con las
cifras de la UE y extrapolando de las escasas cifras que existen para
otros países, podemos calcular que por lo menos 5-6% de las emisiones se
deben al transporte de alimentos, 8-10% se deben al procesamiento de
los alimentos y el empacado de los mismos, cerca de 1-2% se deben a la
refrigeración y 1-2% a la venta al menudeo. Esto nos arroja una
contribución total de entre 15 y 20% de emisiones globales de GEI
procedentes del conjunto de estas actividades.
No todo lo que produce el sistema alimentario se consume. El sistema
agroalimentario industrial descarta cerca de la mitad de toda la comida
que produce, en su viaje de los establecimientos agrícolas a los
comerciantes, a los procesadores de comida, a las tiendas y
supermercados. Esto es suficiente para alimentar a los hambrientos del
mundo seis veces (10). Gran parte de este desperdicio se pudre en los
tiraderos de basura y en los rellenos sanitarios, produciendo cantidades
importantes de gases con efecto de invernadero. Diferentes estudios
indican que entre unos 3.5 y 4.5% de las emisiones globales de GEI
provienen de los desechos, y más de 90% de ellos proceden de materia
originada en la agricultura y procesamiento (11). Esto significa que la
descomposición de los desechos orgánicos originados en los alimentos y
la agricultura es responsable de 3-4% de las emisiones globales de GEI.
Sumen las cifras arriba citadas, despejen la evidencia y hay ahí un
convincente caso: el sistema agroalimentario global actual, impulsado
por una poderosa industria alimentaria transnacional, es responsable de
cerca de la mitad de todas las emisiones de gases con efecto de
invernadero producidas por humanos: una cifra entre un mínimo de 44% y
un máximo de 57%. La gráfica siguiente ilustra esta conclusión.
Cómo darle la vuelta al sistema alimentario.
Es claro que no saldremos de la crisis climática si no transformamos
dramática y urgentemente el sistema alimentario global. Y el lugar donde
podemos empezar es el suelo.
Los alimentos comienzan y terminan en el suelo. Surgen del suelo y
eventualmente regresan a éste para permitir que se produzcan más
alimentos. Es éste el verdadero ciclo de la vida. Pero en años recientes
los humanos han ignorado este ciclo vital. Le hemos estado quitando al
suelo sin devolverle.
La industrialización de la agricultura que comenzó en Europa y
Norteamérica, que replicó después la Revolución Verde en otras partes
del mundo, se basó en la suposición de que la fertilidad del suelo podía
mantenerse e incrementarse mediante el uso de fertilizantes químicos.
Poca atención se le prestó a la importancia de la materia orgánica en el
suelo.
Un amplio rango de informes científicos indican que los suelos
cultivados han perdido entre 30 y 75% de su materia orgánica durante el
siglo 20, mientras que los suelos que sustentan pastizales y praderas
han perdido típicamente hasta 50%. Es indudable que estas pérdidas han
provocado un serio deterioro de la fertilidad y productividad de los
suelos, y han contribuido a empeorar las sequías y las inundaciones.
Si tomamos como base las cifras más conservadoras que proporciona la
literatura científica, la pérdida global acumulada de materia orgánica
del suelo durante el último siglo puede calcularse entre 150 mil
millones y 200 mil millones de toneladas (12). No toda esta materia
orgánica terminó en el aire como CO2, ya que cantidades significativas
han sido arrastradas por la erosión para ser depositadas en el fondo de
ríos y océanos. Sin embargo, puede calcularse que por lo menos se han
liberado a la atmósfera entre 200 mil y 300 mil millones toneladas de
CO2 debido a la destrucción global de materia orgánica del suelo. En
otras palabras, entre 25 y 40% del actual exceso de CO2 en la atmósfera
proviene de la destrucción de los suelos y su materia orgánica.
Hay buenas noticias escondidas en estas devastadoras cifras. El CO2 que
fue enviado a la atmósfera al maltratar y desgastar los suelos del mundo
puede volverse a poner en el suelo. Lo que se requiere es un cambio en
las prácticas agrícolas. Debemos alejarnos de prácticas que destruyen la
materia orgánica y acercarnos a las prácticas que acumulan materia
orgánica en el suelo.
Sabemos que esto puede hacerse. Los campesinos de todo el mundo han
abrazado estas prácticas por generaciones. Las investigaciones de GRAIN
han mostrado que, si se pusieran en funcionamiento las políticas
correctas, los incentivos correctos, a nivel mundial, podrían
restaurarse los contenidos de materia orgánica del suelo a los niveles
que tenían antes de la agricultura industrial en el lapso de unos 50
años, que es a grandes rasgos el mismo tiempo que le llevó a la
agricultura industrial mermarlos (13). El uso continuado de estas
prácticas permitiría eliminar de 24 a 30% de las emisiones globales
actuales de GEI al año.(14)
El nuevo escenario requeriría un cambio radical de enfoque, apartándonos
del actual modelo de agricultura industrial. Tendría que ponerse
énfasis en el uso de técnicas tales como los sistemas de diversificación
de cultivos, mejor integración entre la producción de cultivos y la
producción animal, mayor incorporación de árboles y de vegetación
silvestre, y más. Tal incremento en diversidad podría, entonces,
incrementar la producción potencial, y la incorporación de materia
orgánica mejoraría progresivamente la fertilidad de los suelos, creando
círculos virtuosos de mayor productividad y mayor disponibilidad de
materia orgánica. La capacidad del suelo para retener agua aumentaría,
lo que significa que la lluvia excesiva conduciría a menores y menos
intensas inundaciones y sequías. La erosión del suelo sería cada vez
menos un problema. La acidez y la alcalinidad del suelo se reducirían,
amainando o eliminando la toxicidad que se ha vuelto un problema
importante en los suelos tropicales y áridos. Además, una mayor
actividad biológica del suelo protegería las plantas contra las plagas y
las enfermedades. Cada uno de estos efectos implica mayor productividad
y como tal más materia orgánica disponible en los suelos, lo que haría
posible, conforme pasaran los años, objetivos más altos en cuanto a una
incorporación de materia orgánica al suelo. En el proceso, se produciría
más comida.
Para lograrlo, es necesario trabajar a partir de las habilidades y la
experiencia acumulada de los campesinos en pequeña escala del mundo, en
lugar de socavar su vida, acaparar sus tierras y expulsarlos de sus
territorios, como ahora se hace.
Un viraje global hacia una agricultura que acumula materia orgánica en
el suelo nos pondría también en el camino de cortar algunas de las
principales fuentes de GEI que provienen del sistema alimentario.
Hay otros tres virajes que se refuerzan mutuamente y que es necesario
que ocurran en el sistema alimentario para que podamos enfrentar su
actual contribución global al cambio climático: el primero es un viraje
hacia los mercados locales, hacia circuitos más cortos en la
distribución de los alimentos, lo que nos permitiría reducir el
transporte y la necesidad de empaque, procesado y refrigeración. El
segundo viraje es una reintegración del cultivo y la producción animal,
que reduciría el transporte, el uso de fertilizantes químicos y la
producción de emisiones de metano y óxido nitroso generados por los
grandes planteles industriales de carne y lácteos. El tercero es frenar
el desmonte y la deforestación, lo que requeriría una reforma agraria
genuina y revertir la expansión de las plantaciones de monocultivo para
la producción de agrocombustibles y forrajes.
Si el mundo asumiera seriamente estos cuatro virajes y los pusiera en
acción, sería posible reducir a la mitad las emisiones de GEI globales
en unas cuantas décadas y, en el proceso, emprender el largo camino
hacia la resolución de las otras crisis que afectan el planeta, como la
pobreza y el hambre. No hay obstáculo técnicos que nos lo impidan —en
manos del campesinado del mundo están los saberes, la experiencia y las
habilidades necesarias, y de ahí podemos partir. Los únicos obstáculos
son políticos y es ahí donde debemos enfocar nuestros esfuerzos.
www.ecoportal.net
GRAIN | 01 noviembre 2011 | Biodiversidad -
http://www.grain.org
Para profundizar:
Referencias:
(1) El IPCC dice 10-12%, la OCDE dice 14% y el WRI dice 14.9%. Ver:
IPCC, Climate Change 2007: Mitigation of Climate Change. Chapter 8:
Agriculture, http://tinyurl.com/ms4mzb - Wilfrid Legg and Hsin Huang.
OECD Trade and Agriculture Directorate, Climate change and agriculture,
http://tinyurl.com/5u2hf8k
(2) Ver WRI, World GHG Emissions Flow Chart,
http://tinyurl.com/2fmebe y IPCC, 2004. Climate Change 2001: Working Group I: 3.4.2 Consequences of Land use Change.
http://tinyurl.com/6duxqy
(3) Ver FAO Advisory Committee on Paper and Wood Products – Sesión 49 –
Bakubung, Sudáfrica, 10 de junio, 2008; y M. Kanninen et al., “Do trees
grow on Money? Forest Perspective 4, CIFOR, Jakarta, 2007.
(4) GRAIN, “Global Agribusiness: two decades of plunder”, Seedling, julio, 2010.
(5) Eurostat. From farm to fork - a statistical journey along the EU’s food chain - Issue number 27/2011
http://tinyurl.com/656tchm and
http://tinyurl.com/6k9jsc3
(6) FAO. Stephen Karekezi and Michael Lazarus, Future energy requirements for Africa’s agriculture. Capítulos 2, 3 y 4.
http://tinyurl.com/3n47gyy
(7) Para la UE, ver Viktoria Bolla, Velina Pendolovska, Driving forces
behind EU-27 greenhouse gas emissions over the decade 1999-2008.
Statistics in focus 10/2011.
http://tinyurl.com/6bhesog
(8) Tara Garnett y Tim Jackson, Food Climate Research Network, Centre
for Environmental Strategy, University of Surrey “Frost Bitten: an
exploration of refrigeration dependence in the UK food chain and its
implications for climate policy”,
http://tinyurl.com/3h2rqln
(9) S.A. Tassou, Y. Ge, A. Hadawey, D. Marriott. “Energy consumption and
conservation in food retailing”. Applied Thermal Engineering 31 (2011)
147-156 y Kumar Venkat. CleanMetrics Corp. The Climate Change Impact of
US Food Waste,CleanMetrics Technical Brief.
http://tinyurl.com/3rcevo8 y Ioannis Bakas, Copenhagen Resource Institute (CRI). Food and Greenhouse Gas (GHG) Emissions.
http://tinyurl.com/426s9as
(10) Tristram Stuart, Waste: Uncovering the Global Food Scandal, Penguin, 2009,
http://tinyurl.com/m3dxc9
(11) Jean Bogner, et. al. Mitigation of global greenhouse gas emissions
from waste: conclusions and strategies from the IPCC. Fourth Assessment
Report. Working Group III (Mitigation)
http://tinyurl.com/3cu9pmz
(12) Las cifras utilizadas para el cálculo fueron: a) una pérdida
promedio of 4.5-6 kg de materia orgánica del suelo por metro cuadrado de
tierra arable (MOS/m2) y 2-3 kg de MOS/m2 de tierra agrícola bajo
praderas y sin cultivar; b) un promedio de profundidad de suelo de 30
cm, con un promedio de densidad de suelo de 1 gr./cm3; c) 5 mil millones
de hectáreas de tierra agrícola a nivel mundial; mil 800 millones de
tierra arable según datos publicados por FAO; d) una proporción de 1.46
kg of CO2 por cada kilo de MOS destruida.
(13) Ver GRAIN, “Cuidar el suelo”, Biodiversidad, sustento y culturas, número 62, octubre de 2009,
http://tinyurl.com/3rclbcy
(14) La conclusión se basa en la suposición de que la incorporación de
materia orgánica llegaría a una tasa promedio anual global de entre 3.5 y
5 toneladas por hectárea de tierra agrícola. Para cálculos más
detallados ver GRAIN, “Cuidar el suelo”, op.cit., tabla 2.